A las 13:00 horas de este domingo 15 de marzo, cuando se abrieron las puertas del Parque O’Higgins para el ingreso del público al último día del festival Lollapalooza Chile -ese minuto en el que muchos corren con vehemencia en busca de las primeras filas y las mejores ubicaciones-, la banda sonora amplificada por los escenarios principales pareció resaltar un contraste.
La imagen impasible de Brian Wilson, el genio atormentado de los Beach Boys fallecido el año pasado, se mostraba en las pantallas gigantes instaladas en la elipse, mientras los Buena ondael clásico éxito californiano que alguna vez se describió como una “sinfonía de bolsillo”. Al igual que el sábado 14 con Ozzy Osbourne, los organizadores quisieron rendir homenaje a los héroes caídos recientemente de la música popular.
Aunque el abrazo póstumo a Wilson sonado a todo volumen por los parlantes tuvo una mayor sincronicidad. Como alquimista del mejor pop del siglo XX, como aquel hechicero que logró convertir, desde la fría mecánica del estudio, melodías de belleza cristalina que parecían diseñadas desde el alma, empujando el pop en múltiples direcciones antes impensables, el cantante encarna esa diversidad estilística que Lollapalooza anhela con fuerza en los últimos años. Que todas las voces, sonidos y geografías creativas puedan darse la mano en un único espacio de encuentro, eliminando prejuicios y recelos.
Rock, pop, trap, electrónica, metal, punk, hardcore e incluso folklore conviven en una misma casa. Quizás en los lejanos años 60, así imaginaba Brian Wilson sus obras, quizás así es como Lollapalooza en el presente 2026 diseña su programación.
Y de alguna manera, ayer en la fiesta de clausura, lo logró. Por la noche, de hecho, se materializó una de las programaciones más singulares y extremas que haya presenciado el evento en su vida chilena: mientras la dura y pesada música electrónica de Skrillex aparecía en el escenario del Banco de Chile, a sólo unos metros de distancia, en el escenario Lotus ubicado en el Teatro La Cúpula, fue el turno de los ponchos negros y el activismo en sepia esgrimido por el legendario Quilapayún. Ritmos ensordecedores y canciones neochilenas se reunieron para agitar a las masas.
Pero esa paleta heterogénea de colores comenzó mucho antes.
tantas buenas canciones
El grupo Los Borne fueron los encargados de abrir la velada sobre el escenario Lotus. Liderada por el guitarrista y compositor Hernán Edwards, exintegrante de Los Ex, la banda tiene como motor guitarras en diferentes frecuencias, a veces con contornos más lánguidos, mientras que en otras canciones sugieren espesor y urgencia, como ocurrió en Niños.
Inaugurando los escenarios principales, Santo Barrio se confirma como un nombre protagonista del cancionero local al fusionar ska, reggae, salsa, rock latino y ritmos tropicales. Han regresado en el último año y se han mostrado comprometidos con esa ruta marcada por éxitos como el toquemostrándose también como un acorazado instrumental donde las percusiones y los metales difunden un resultado contagioso.
La invitación a Joe Vasconcellos a subir al escenario no sólo reafirma la hermandad entre el grupo y el cantante, sino que también rinde homenaje a otro creador que empujó los límites de diferentes estilos desde los años 90, volviéndolos flexibles y elásticos.

Tanto como el cancionero de Cristóbal Briceño: el de Fother Muckers estuvo en los Cenco Malls con uno de sus tantos proyectos, Grupo Crisis, con acento melódico y que lo devuelve a su amor por la canción pop tradicional. Vestido de charro, con un traje verde que compró hace un tiempo en México, uno de los nombres más inquietos de la escena interpretó temas como El que perdona ya murió en la cruz, Mi mala estrella, Canción del más allá y abigail (en el que arrojó sus gafas de sol al público).
También demostró, como volvió a ocurrir durante la jornada, que los estilos son camisas de fuerza innecesarias. En su caso, hizo una sentida versión de el centro de mi corazón de Chayanne, quizás un hit que suene mejor en el Festival de Viña, aunque qué importa: En los potreros del Parque O’Higgins encontró plenitud sin que nadie se quejara demasiado.
Por su parte, la banda Hesse Kassel representó la nueva generación del rock nacional en el escenario Alternativo, en esa sección donde también destacan Candelabro y Anttonias, también presentes en la cita capitalina. En concreto, Hesse Kassel es algo así como una bomba de racimo que nunca se sabe dónde caerá: sus esquirlas son múltiples, caóticas e impredecibles.

Su cantante, Renatto Olivares, teje una voz hipnótica, que puede comenzar con una palabra hablada letárgica y luego mutar en un aullido gutural, dejando al público noqueado y estupefacto. Las composiciones de su única entrega hasta la fecha, el alquitránson extensos, densos, y asemejan un barco que avanza al acecho, dispuesto a atacar con una descarga de pura dinamita, entre estallidos de guitarra, saxofón, estridencias plenas y cantos espasmódicos. También defendieron a sus compañeros de Candelabro, luego de que estos últimos en su programa 24 horas antes difundieran imágenes del presidente José Antonio Kast con esvásticas en las pantallas.
Casi al mismo tiempo, otra propuesta de difícil clasificación llenó el Teatro La Cúpula. Niebla Niebla, el trío liderado por Trinidad Riveros (Princesa Alba), muestra su otra cara, una más etérea y atmosférica, alejada del baile urbano que le ha lanzado a la popularidad. Vestida de blanco, Riveros parece una novia angelical en el escenario que se despliega en diferentes timbres, limpios y estoicos, pero por momentos también siniestros.

Es saludable ver a la artista abrazar otros géneros, como una diva abstracta y shoegaze que no pertenece a ningún club. Al finalizar invitó a cantar a Mariana Montenegro de Dënver. los adolescentescoronando el cara a cara a saltos y pura energía, entre un escenario a oscuras.
¿El detalle? El recinto estaba lleno y la visibilidad era difícil. Muchos de los que extrañan el Parque Cerrillos -lugar donde se realizó entre 2022 y 2025- encuentran aquí argumentos para resaltar que O’Higgins tiene menos espacio y que su perímetro se vuelve estrecho para la gran cantidad de personas que llegan al lugar.
La gran bestia del pop.
Los argentinos Bandalos Chinos, por su parte, hicieron de las suyas en el escenario de Cenco Malls, con esa mezcla de rock con bases sintéticas y fiestera, con Babasónico como radar principal, mientras el venezolano Danny Ocean transformaba minutos después el lugar en una fiesta, con un pop latino un tanto genérico pero efectivo, deudor incluso de nombres como Maná, a quien citó en una canción.
Punto aparte para Manuel García. El cantautor subió al escenario Alternativo con un show de banda completa, donde cuerdas, vientos, guitarras y bellas animaciones se lucieron en las pantallas, mientras optó por vencer el duro calor de la tarde con una melodía de textura ligera, casi un susurro al oído que lleva una reflexión política: el espectáculo comienza con El Viejo Comunista, esa canción que suspira por un mundo desaparecido que ya no está y que parece un sutil infiltrado en un evento corporativo tan monopolizado por las marcas, los gastos y el consumo. Es la moraleja de García: dejar fluir su sensibilidad humanista en todo tipo de escenarios.
El objetivo se cumple con un repaso a sus clásicos interpretado de forma excelente y que se corona con la invitación a Fernando Ubiergo al sorteo. El tiempo en la bastillaHimno indiscutible del cancionero local.

Mientras Ubiergo hace de las suyas, la estrella contemporánea Marina -icono del pop vinculado al colectivo queer- en uno de los espacios protagonistas ofreció un pop extravagante y confesional. Curioso: Fernando Ubiergo y Marina aplaudieron en apenas un par de metros. Dos figuras que no guardan relación alguna. Sólo es posible en Lollapalooza.
Bajo la misma genética, la estadounidense Addison Rae hace eco del pop clásico en el escenario del Banco de Chile, como una especie de Britney Spears de la nueva generación. Con un cuerpo de baile que destila sensualidad y canciones que hicieron estallar el mundo a través de TikTok, convence con un espectáculo de goce efervescente, aunque es una figura de reciente crecimiento.
El escocés Lewis Capaldi presenta un perfil más consolidado, pero desde una perspectiva diferente. Su primera vez en Chile lo muestra como un autor vulnerable, sensible, narrando temas de autoaceptación, salud mental y reconociendo la reciente pausa que tomó su carrera no sólo por el síndrome de Tourette que padece, sino también por la sobreexposición a la que fue empujado: conflictos privados que transmiten empatía, interpretados de manera sencilla en una propuesta donde la guitarra acústica, el piano y la vocación melódica dialogan sin adornos sonoros.

“No tengo canciones alegres así que espero que esto os parezca bien. Los que las saben, que las canten conmigo, y los que no, que se callen”, propone. Y tiene razón: sus composiciones son un respiro en una tarde frenética, baladas que parecen acompañar la noche que cae en una fiesta que se despide y que simboliza algo así como el adiós definitivo al verano.
Pero la templanza es pasajera. Skrillex aparece en el siguiente escenario ante un público gigantesco, uno de los más populares del festival, dispuesto a devorar un estridente cóctel de bases y mezclas que dispara sin bandera blanca.. En algún momento, la descarga incluso se excedió: el DJ tuvo que pedir a la gente que se calmara (algunos estaban aplastados entre la multitud) y que se cuidaran unos a otros.

En La Cúpula la serenidad estuvo a cargo de las insondables voces de Quilapayún, quizás una rareza del evento, pero absolutamente necesaria a la hora de aportar historia y trascendencia. Interpretaron, entre otros pájaros de fuegode Los Tres, y al final invitaron a Los Bunkers a reunirse en la pared y El pueblo unido nunca será derrotado. Chilenidad en su máxima expresión.
Para terminar, el gran soberano fue Chappell Roan. Y el nombre es literal. Una de las grandes figuras del pop global ha creado un imaginario donde conviven el mundo queer, los colores, el maquillaje y una impronta que la presenta como el nuevo eslabón de esa genealogía estética que va desde David Bowie o Queen hasta Lady Gaga.
En Lollapalooza Chile comenzó con canciones como Chica súper gráfica ultra moderna, Femininomenon, Después de medianochey luego continuar con Desnudo en Manhattan, Casual y éxito ¡Caliente para comenzar!con los presentes replicando rigurosamente su coreografía. En estas composiciones aparece como una princesa con botas largas y ropa un tanto vaporosa, con un decorado que simula un castillo medieval a sus espaldas, haciéndose eco del título de su único disco, The rise and fall of a Midwest princess. Musicalmente, hay toques tanto de glam como de soft rock, así como su voz nunca flaquea en una interpretación dominada por el vigor.
Lollapalooza tuvo un cierre digno con Chappell Roan capitalizando uno de los grandes pasajes de esta entrega.
Como si sus organizadores quisieran celebrarlo, un par de minutos antes anunciaron que el festival musical continuará en el Parque O’Higgins en 2027 y de manera inédita informaron sus fechas para el 12, 13 y 14 de marzo, con entradas en modalidad Early Birds que saldrán a la venta próximamente.
Uno de los eventos más exitosos del país ha superado con éxito una nueva prueba, entre su regreso al lugar de origen, a la cuna, y volver a encantar a nuevos públicos con el pop en boga, gracias a nombres como Sabrina Carpenter, Chappell Roan o Lewis Capaldi. Será hasta el año que viene, cuando el espíritu de Brian Wilson aún perdure como un faro.







