DIRECTOR:
La discusión sobre la implementación de una unidad como Capitán Yáber para mujeres abre varios lados del debate. El primero se refiere a la relevancia de las prisiones especiales para “delitos de cuello blanco”. Si bien se esgrimen argumentos como la necesidad de segregación, la protección de los imputados contra situaciones de violencia, e incluso la separación para evitar que el proceso de investigación se vea afectado, es imposible negar que existen asimetrías de clases. Es precisamente la cercanía social de quienes están destinados en estas instalaciones lo que desencadena en la élite una condescendencia y una inusual preocupación por los derechos humanos, que rara vez aparece cuando el resto de la población está encarcelada. ¿Debería entonces el castigo perjudicar a algunas personas más que a otras, o hay ciertos grupos sociales que estarían en mejores condiciones de soportar los dolores del encarcelamiento? La respuesta en mi opinión es no.
El segundo aspecto está relacionado con las diferencias entre hombres y mujeres. Aquí la existencia del Capitán Yáber abre el debate sobre la necesidad de una unidad similar para mujeres. Como en el caso anterior, podemos observar profundas asimetrías, pero no sólo de clase, sino también de género. Es interesante ver cómo la situación particular de una mujer resalta la de miles de personas que nunca fueron vistas por el sistema penitenciario. Ahora se discute por qué las tasas de prisión preventiva son más altas para las mujeres que para los hombres, por qué las sentencias por delitos de drogas (por los cuales la mayoría de estas mujeres cumplen condena) son tan largas en relación con otros delitos graves, qué les sucede a sus hijos mientras están en prisión. prisión, entre muchos otros problemas que nunca parecieron importantes en la discusión pública, hasta que Leonarda comenzó a sufrirlos.
Catalina Droppelmann
Director Ejecutivo Justicia y Sociedad UC
