Una inquietante frase del terrorífico poeta Charles Baudelaire afirma que el gran truco del Diablo es hacernos creer que no existe. Inquietante, digo, no sólo por lo que sostiene directamente, es decir, que el Diablo hace de las suyas cuando los seres humanos se olvidan de su existencia, porque están menos preparados, sino sobre todo porque sugiere algo inquietante: que si bien es cierto que su triunfo es que no creen en él, gana aún más en el caso contrario en que se convierte en la creencia principal.
Para no escandalizar a nuestros lectores de esta era moderna que se ha liberado de este tipo de entidades de la imaginación de los antiguos pueblos bárbaros, eliminemos la palabra “Diablo” y reemplácela por “mal”. Y si incluso eso nos resulta escandaloso a nosotros, gente de probada tolerancia, pongamos en su lugar “daño”, “inseguridad”, o cualquier otra cosa que sea el resumen de lo que queremos evitar.
Pues bien, la pregunta que cabe hacerse a continuación, siempre teniendo en cuenta la frase del poeta, será la siguiente: ¿qué tipo de hechos ocupan tu mente a diario? Pues bien, si sólo los ojos observan el mal, o lo que prefiramos poner en su caso, quizá sea porque, poco a poco, hemos aprendido a creer sólo en él.
No intento (cabe aclarar) defender al gobierno, sosteniendo subrepticiamente que hace mil cosas buenas y que, en nuestra mezquindad a medias, nos fijamos exclusivamente en las malas. Digo, en lugar de esto, y también en contra, que el corazón mismo (que según Baudelaire es el primer lugar al que acudir en busca del mal) debe, por regla general, estar siempre dividido. Es decir, en la medida que descubre algo malo fuera de sí mismo, va a buscar algo más que pueda llamarse bueno. Un método que requiere que llevemos una dieta equilibrada.
Una interpretación un tanto inusual de la filosofía de Platón sostiene lo siguiente: dado que, según su doctrina, lo bueno es lo mismo que lo bello y al mismo tiempo lo verdadero, por lo tanto, lo que no es bueno o no es bello no podría ser verdadero. ¡Inusual! Si fuera así, o lo que consideramos feo y malo no existe realmente o, por el contrario, existe precisamente porque es cierto, de tal modo que no nos queda más remedio que adaptarnos a una realidad igual de mala. como es feo.
No estoy tan loco como para creer que puedo resolver en el espacio de una columna, y mucho menos de un libro, ninguno de los misterios del bien y del mal. Sólo que, por lo mal llamado salud mental, me aconsejo, y aconsejo, reservar un espacio de uno mismo para que las cosas bellas, buenas y verdaderas que una vez hemos vivido, regresen y seamos capaces de hacerlas florecer en pensamientos en voz. bajo y alto. Quizás de esta manera ingenua y voluntariosa el príncipe de las tinieblas no nos ofrezca cada día episodios más grotescos, repulsivos, abyectos para que no olvidemos nuestras creencias.
Por Joaquín Trujilloinvestigador del CEP







