“El hombre es una historia inconclusa”, afirmaba el intelectual francés Raymond Aron en una entrevista a fines de 1980. Con esto resumía lo que fue una verdadera cruzada contra el determinismo que suele invadir la explicación de los procesos políticos, como si la acción humana no lo hiciera. No tendrá mucho más que hacer que remover los obstáculos que impiden el desenvolvimiento incontrolable de la historia. La política es contingencia, no necesidad, y el futuro siempre está abierto; inconcluso. Negarlo abre el camino a un maniqueísmo donde la disputa política se divide entre quienes, por ceguera o malicia, desconocen esta orientación asumida como inevitable y quienes están dispuestos a aceptarla y caminar con ella. Nuestros políticos de hoy continúan resistiéndose a aceptar esa naturaleza indeterminada de la realidad. Prefieren decirles a sus votantes que sus agendas son parte de la imparable marcha del tiempo, del lado correcto de la historia. Así, presentan las alternativas que ofrecen sus adversarios como contratiempos, desvíos de los rezagados que no quieren iniciar las transformaciones requeridas y cuyas estrategias no son más que la manipulación y el engaño. Eso es precisamente lo que parece advertirse en las últimas declaraciones del presidente Boric, ante el anuncio de los partidos de derecha de ir por el Rechazo en el plebiscito del 4 de septiembre: “la derecha rechaza, es legítimo, pero no se lo digan”. a la gente que aquí hay terceras vías”, sentenció.
Uno puede entender las razones ocultas en la declaración contundente del presidente. Con el gobierno vinculando explícitamente su propio destino al de la Convención y su borrador, reconocer la posibilidad de una tercera vía es como anticipar la derrota. Hay algo de pensamiento mágico en todo esto: convencidos de que el lenguaje hace realidad, prefieren no nombrar lo que temen; no va a ser efectivo. ¿Cómo podemos pedirle al Presidente, si su propia agenda supuestamente depende del nuevo texto, que diga delante de todos que hay otras opciones disponibles? Sin embargo, por mucha empatía que tengamos con su difícil posición, Gabriel Boric está sumido en una paradoja. Porque al mismo tiempo que, mediante el encantamiento de no nombrar las cosas, intenta contener la posibilidad de rechazar el proyecto constitucional, pone al borde del abismo a su propio gobierno: no hay otro camino que este y, sin embargo, para ganar el Rechazo, deberán salir al día siguiente a afirmar lo contrario. ¿Cómo se moverán en esta nueva versión de su ya característica incoherencia, habiéndose puesto en un callejón sin salida?
Tal vez convenga entonces que el Presidente abandone este pensamiento mágico, que es también una forma camuflada de convocar a la ciudadanía; se enfrenta al mismo abismo que el gobierno y parece que su voto ya no se basa en la convicción de tener una buena propuesta, sino en el miedo a no recibir nada después. Si volvemos a Aron, la existencia de una tercera -o cuarta o quinta- vía debería ser una certeza que tenemos en todo momento, una garantía de nuestras democracias. El carácter inacabado de nuestra historia exige que la política tenga siempre a mano una nueva alternativa, aunque en el camino se derrumbe aquella por la que habíamos apostado. Porque el compromiso del Presidente no es en primer lugar con la Convención, sino con el mandato ciudadano que la mayoría pidió un nuevo texto. Y si la propuesta no convence, tendremos que empezar de nuevo. El derecho en eso, al menos esta vez, es correcto.
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