No estamos tan mal, se dice, la mediocridad es soportable, la moderación gana terreno. ¿Suficiente para sentirse satisfecho? Bueno, si ya no es posible, resignémonos. Pero detengámonos en algunos de los protagonistas que hacen el futuro. Por ejemplo, el Estado.
La ineptitud y el bochorno cunden en el Ejecutivo, las banalidades en el Legislativo, la poca capacidad del Poder Judicial para hacerse confiable ante la población. Profundicemos. Esa interminable “permisología” que estanca las inversiones; avalancha de nuevos funcionarios coincidiendo con un creciente deterioro de los servicios públicos; escándalo de remuneraciones millonarias por doquier; aumento bruto de licencias médicas, gestión hospitalaria deficiente; burocracias indolentes inspiradas en el hecho de que “el que no hace nada, nada teme”. Gremios educativos que reclaman “deudas históricas” millonarias pero no juegan con esa deuda histórica con la educación básica que refleja el alarmante resultado de la reciente prueba internacional de Timms. Corrupción alimentada por casos como Living Democracy y políticos que se castigan a sí mismos, luego se silencian, luego se perdonan y reaparecen, reiniciando otra ronda. Confesión tardía de que calculan mal los ingresos fiscales y deben seguir endeudándose para pagar. Exigir cada vez más impuestos para seguir gastando sin fondos ni pausa.
No creo que sea inevitable resignarse a un estado como éste. Si me preguntaran dónde pondría un énfasis prioritario, diría que en la gestión del personal del sector público. El mayor desafío de la modernización del Estado no es su digitalización, es la solvencia e impecabilidad de los seres humanos que le dan vida. Se trata de reconstruir una cultura de dignidad en el servicio público. Sobre todo, como agentes del Estado, vuestro objetivo es construir seres libres y autónomos y no posicionaros como privilegiados o promocionaros como donantes generosos y deseosos de donar cada vez más, para crear seres cada vez más dependientes y agradecidos. Luego, evaluar al personal por su trabajo y no por los años que lleva en el Estado; evaluados seriamente, no con una nota máxima mentirosa a todos. Que los atributos y competencias para un puesto sean verdaderamente requeridos en los procesos de selección; que los buenos pueden ser recompensados y los incompetentes pueden ser despedidos. Que disminuyan los “puestos de confianza” de un gobierno y aumenten los profesionales de confianza del Estado. Funcionarios de un Estado conscientes de que su primera responsabilidad es garantizar el orden público, la seguridad y la igualdad ante la ley, para que los chilenos, en paz y comunidad, sean más libres y dejen de estar cautivos.
No es imposible recuperar la dignidad del servicio público. Los funcionarios decentes, que sufren su deterioro, serían los primeros en agradecerlo. Y, de paso, una ciudadanía que necesita otra calidad de Estado para alcanzar la prosperidad en lugar de resignarse a la mediocridad.
Por Óscar Guillermo Garretóneconomista







