Karl Marx pensaba que las manufacturas eran cristalizaciones del trabajo humano. Los trabajadores transfirieron parte de sus vidas a las cosas que producían, que les daban valor. Los capitalistas, al ser propietarios de los medios de producción, se apropiaron de la mayor parte de ese valor. Y pagaban un salario destinado a cubrir estrictamente la supervivencia del trabajador, para poder seguir explotándolo.
Para quienes aceptaban esa premisa, el socialismo comunista, al colectivizar los medios de producción, liberaría y devolvería una enorme cantidad de riqueza a la clase productora. Por eso la Unión Soviética compitió con Estados Unidos por mostrar un mayor bienestar para sus trabajadores con la misma intensidad que en la carrera espacial. El éxito del socialismo estaba en juego en demostrar que, quitando al capitalista del medio, en palabras de Los Fiskales, “todos podrían tenerlo todo: coche, casa, vacaciones y luna de miel”.
Pero el resultado estuvo muy por debajo de lo esperado. La coordinación descentralizada de los factores productivos a través de la competencia capitalista produjo en última instancia mayor riqueza y mejores resultados que la planificación central en casi todos los mercados. Y lo hicieron en un contexto de democracia y libertad política. En promedio, los trabajadores de una economía capitalista desarrollada vivían mejor que en los países socialistas. La teoría del valor trabajo de Marx tenía ruedas pinchadas. Se intentó, pero no se pudo.
El caso del Estado socialista cubano, uno de los laboratorios tardíos del marxismo, es diferente y mucho más triste. En Cuba el socialismo termina llamándose un modo de producción basado en la más brutal y cruda explotación del hombre por el hombre.
La isla no logró aprovechar la ola independentista de principios del siglo XIX. A finales de ese siglo pasó de un enclave colonial español a un protectorado norteamericano con ambiente de prostíbulo. Y luego, desde 1952, enfrentó la bestialidad de la dictadura de Batista –exlíder del Partido Socialista Demócrata– que en siete años de tiranía asesinó a 20 mil cubanos.
La lucha contra Batista, que incluso perdió el apoyo estadounidense, fue entendida por la mayoría de los cubanos como orientada hacia la independencia y la democracia. De ahí el cariño hacia los asaltantes del Cuartel Moncada (1953) y líderes de la revolución de 1959.
La revolución se presentó por primera vez al mundo como democrática, cumpliendo el sueño de José Martí. En ese momento incluso Kennedy la felicitó. Pero pronto dio un giro hacia el comunismo, terminando por convertir a Cuba en una especie de protectorado soviético con los mismos vicios que el norteamericano y, finalmente -desaparecida la Unión Soviética- en una tiranía hereditaria que pasaría de Fidel a Raúl Castro, y luego de Raúl a Díaz-Canel, que logra sobrevivir en los últimos años gracias a la ayuda servil de Hugo Chávez, Nicolás Maduro y los cada vez más escasos recursos de los venezolanos.
Cuba es hoy, desde que la revolución de 1959 fue traicionada, como cuenta el Comandante Huber Matos en su libro como llego la nocheuna gran fábrica operada por una casta cívico-militar que es dueña de todo, que paga a los cubanos con fichas, vive de ellas y se asegura de que se mantengan dentro del límite de subsistencia para seguir explotándolas. Junto a esto, el régimen cubano se ha dedicado a promover dictaduras en otros países de la región, para luego parasitar el sometimiento de esos pueblos (ver Memorias de un soldado cubano, por Dariel Alarcón, y La furia y el delirio, por Jorge Masetti). El Partido Comunista de Chile es cómplice y defensor histórico de esta aberración (recordemos cómo llevaron a Camila Vallejo y Karol Cariola a girar alrededor del dictador senil como un tótem).
Hoy la tiranía está en un punto terminal. Hay que empujarla al abismo, no darle productos para que su tienda de comestibles siga funcionando. Alimentos y medicinas para los cubanos, eso sí, a través de las organizaciones de la Iglesia Católica, única autoridad alternativa al Estado. Pero nada para los amos perversos. La patria debe ser, dijo Martí, “alegría, dolor y cielo para todos, y no feudo ni capellanía para nadie”. Que así sea.







