En política, el síndrome del pato saliente describe la pérdida de eficacia de un gobierno en sus últimos meses. Esta metáfora también aplica para la economía chilena, aunque falta más de un año para el cambio de gobierno. Aunque la economía lleva una década estancada, enfrenta un momento crítico que flaquea cualquier esperanza de recuperación y requiere intervenciones que ya no se produjeron en este período. El mercado laboral muestra severos signos de deterioro, las proyecciones de crecimiento se ajustan a la baja, la inflación persiste, la productividad no hace honor a su nombre y la inversión sucumbe a la judicialización y a retrasos inexplicables en los permisos.
El crecimiento económico no superará el 2,5% este año y se espera un modesto 2,2% para 2025. La tasa de desempleo ha superado el 8% durante dos años y la informalidad laboral está creciendo de manera constante. Aún faltan 300 mil empleos para recuperar la tasa de ocupación que había antes de la pandemia y la inflación persistente ya acumula 4,5%, erosionando el poder adquisitivo de los hogares. Hablar de inversión y productividad parecen ser palabras casi olvidadas en nuestro léxico.
Para revertir esta tendencia Es imperativo implementar cambios en la visión y política económica. En primer lugar, es clave reconocer el papel de la incertidumbre que pospone la inversión, afectando la productividad, el crecimiento y el empleo. Hay que retomar políticas de largo plazo, que no dependan del gobierno de turno, para que los proyectos inmobiliarios y mineros puedan avanzar con confianza en las instituciones.
No habrá prosperidad sin inversión y ésta es hoy la aguja que puede mover la economía, como se infiere del Informe de Política Monetaria (Ipom) de septiembre del Banco Central. Del crecimiento del 1,8% del Producto Interno Bruto (PIB) tendencial, la inversión explica el uno por ciento, mientras que el trabajo y la productividad sólo el 0,4% cada uno. Mejorar el capital humano y el empleo llevará tiempo, y Chile –especialmente la clase media más necesitada y sufrida– no puede esperar.
Es necesario simplificar los permisos y ofrecer incentivos fiscales que atraigan a inversores nacionales y extranjeros. Aunque hay proyectos en el Congreso para reducir los plazos de aprobación de inversiones, son tímidos y no abordan la magnitud del desafío.. Reducir el tiempo de aprobación de una planta desaladora de 11 a 8 años no parece suficiente. Debemos impulsar inversiones clave en infraestructura, tecnología y energía renovable, generando empleo y crecimiento.
Para impulsar el mercado laboral, Hay que reducir los costes laborales, no aumentarlos como en los últimos años. (salario mínimo, 40 horas, ley Karin, discusión de negociación en rama, etc.), y eliminar la visión conflictiva en las relaciones laborales. Es fundamental incentivar la contratación formal con medidas efectivas, y no con subsidios de baja cobertura y nulo impacto. Por último, es imperativo reducir los costos de despido para permitir una mejor asignación de los trabajadores.
Chile se encuentra en una encrucijada y la persistente cojera de su economía afecta el presente y compromete el futuro de las próximas generaciones.quién pagará “el pato”. Hay mucho por hacer y poca voluntad.
Es hora de tomar decisiones audaces y reformas estructurales que impulsen el crecimiento y la prosperidad.. Pero, parece que habrá que seguir esperando. Ojalá no sea por mucho tiempo… Como cantaba Serú Girán: “¿Cuánto más falta?”
*El autor de la columna es profesor y director del Instituto de Economía UC
