El viernes 23 de enero, cuando los mercados ya estaban cerrando, AES Andes, la unidad latinoamericana de la eléctrica estadounidense AES, anunció novedades que se veían venir dentro de la industria. Pero las razones no estaban del todo claras.
La empresa desistió de ejecutar su Proyecto de Infraestructura Energética Integrada para la Generación de Hidrógeno y Amoniaco Verde, conocido como INNA, una seductora iniciativa que buscaba construir un enorme complejo de energía solar y electrólisis para la producción de estos materiales renovables que implicó una inversión de alrededor de 10 mil millones de dólares, en la Región de Antofagasta.
Sin embargo, el proyecto millonario enfrentó una dura oposición de la comunidad científica porque contemplaba su despliegue en la comuna de Tal Tal, en una zona vecina al observatorio Cerro Paranal, lo que podría obstaculizar la actividad de los astrónomos.
Una polémica que también atravesó la campaña presidencial ya que los candidatos de la segunda vuelta dieron a conocer sus posiciones respecto a la viabilidad del proyecto y su compatibilidad con la astronomía. Y sorprendió que el abanderado oficial apoyara la inversión del INNA: Kast se inclinaba por priorizar la observación astronómica.
“Si bien INNA es un proyecto absolutamente compatible con otras actividades que se desarrollan en la zona, AES Andes ha tomado la decisión de priorizar sus esfuerzos en el desarrollo y construcción del portafolio de proyectos renovables y de almacenamiento de energía, siguiendo los lineamientos de su matriz en Estados Unidos”, dijo la empresa al anunciar su decisión.
La compañía no ha querido ahondar en los detalles de su decisión y se ha ceñido a su comunicado.
Apuesta por Estados Unidos
Ahora que ya ha corrido algo de agua bajo el puente, en el mercado y en los círculos políticos, vincularon la decisión de AES con la próxima asunción de Kast a la presidencia, dado su apoyo público a la posición de los científicos en la controversia.
Sin embargo, consultando a fuentes del sector, señalan que esta determinación no tiene relación con el drástico juicio del presidente electo ni con la dura oposición de los astrónomos, que pidieron que la iniciativa se pudiera desplazar unos kilómetros, para no afectar la observación astronómica, a lo que la empresa se había negado.
“La empresa podría haber hecho el esfuerzo de moverse, pero la verdad es que se esperaba que Estados Unidos diera la orden de no continuar”, dice una fuente conocedora de la interna de AES.
La medida adoptada en la sede de AES, ubicada en Arlington, Virginia, EE.UU., habría estado relacionada con una mera definición de costo/beneficio por parte de la matriz estadounidense que atraviesa un período relevante de definiciones.
A principios del pasado octubre, la agencia de noticias Reuters y el periódico británico Financial Times publicaron que Global Infrastructure Partners (GIC), un fondo controlado por la mayor gestora de fondos del mundo, BlackRock, estaba en conversaciones avanzadas para adquirir la energética AES. Aunque dijeron que el acuerdo podría anunciarse en las “próximas semanas”, no había garantías de cierre o fracaso. Aunque las empresas implicadas no han desmentido la información, hasta el momento no se ha anunciado ningún final, ni positivo ni negativo, de las negociaciones.
Esta eventual adquisición se produce en un momento en el que la industria eléctrica estadounidense atraviesa un momento clave, dado que la construcción de cientos de centros de datos en el país, fruto de la explosión de la Inteligencia Artificial (IA), requiere de una enorme inyección de energía eléctrica.
Una consultora de tecnología estima que Estados Unidos necesitaría agregar alrededor de 80 GW de nueva capacidad de generación de energía por año para seguir el ritmo de la IA y actualmente está construyendo menos de 65 GW, según The Wall Street Journal. La diferencia de 15 GW equivale al suministro eléctrico de dos ciudades de Manhattan durante los meses más calurosos del verano.
Así, en EE.UU. se estima que los centros de datos podrían consumir hasta el 12% de la matriz energética total del país para 2028.
Por mostrar un botón: a principios de septiembre, el creador de ChatGPT (OpenAI) y Oracle anunciaron un contrato por 300.000 millones de dólares para dotar a la principal empresa de lenguajes de IA de la capacidad informática necesaria para seguir creciendo en los próximos cinco años. Este contrato con Oracle requerirá una capacidad energética de 4,5 gigavatios (GW), lo que equivale aproximadamente al consumo de unos cuatro millones de hogares en Estados Unidos.
En medio de esta ola de necesidad de generación y almacenamiento de energía, AES Corp. habría decidido apostar sus recursos a su país de origen y no a una iniciativa que parecía complicada de llevar a cabo y de largo plazo, en un país donde si bien tienen presencia desde hace dos décadas, parece alejada de las necesidades locales.
“Los centros de datos están ahí (en EE.UU.) y allí se necesita energía ahora”, afirma una importante fuente del sector.
“Y si se tiene en cuenta que la empresa está en venta, hay que pensar en la rentabilidad más cercana y no en un proyecto que requiere recursos millonarios y que todavía luce incierto”, añade otra fuente.
De hecho, la posibilidad de desarrollar hidrógeno verde como combustible renovable a escala industrial aún no está del todo demostrada, dado que sus costes aún son elevados.
Es más, expertos mundiales señalan que no sería una buena solución para los automóviles, ya que los vehículos eléctricos compactos serían mucho más rentables para avanzar hacia la reducción de la huella de carbono.
Señalan que el hidrógeno verde podría resultar más atractivo financieramente para grandes medios de transporte como aviones o barcos. De hecho, experiencias de trenes ligeros en Francia y Alemania propulsados por hidrógeno verde pasaron a utilizar baterías eléctricas, debido a su elevado coste.
Pero la tecnología aún no está lo suficientemente avanzada como para convertirse en una exportación masiva.







