La reciente reunión del Foro Económico Mundial de hace unas semanas en Davos, a la que tuve la oportunidad de asistir, fue interpretada por muchos como el comienzo de un nuevo orden internacional. Pero más allá de la tensión geopolítica y el cruce de visiones entre líderes mundiales, había una agenda transversal menos visible, pero dominante: el surgimiento de la inteligencia artificial (IA) y su impacto en las empresas, los gobiernos, la sociedad civil y, de manera especialmente crítica, en los sistemas educativos.
En Davos quedó evidente que la visión de la IA está profundamente dividida. Desde posiciones alarmistas, como la del historiador Yuval Noah Harari, que advirtió de los riesgos existenciales asociados a agentes de IA capaces de erosionar el lenguaje y la cohesión social, hasta visiones abiertamente optimistas como la de Elon Musk, que minimizó los riesgos al tiempo que proponía que la regulación estatal no debería interferir en su desarrollo.
Entre los dos extremos surgió una posición más pragmática, representada por líderes como Satya Nadella, director ejecutivo de Microsoft, y Kristalina Georgieva, directora gerente del FMI. Ambos coincidieron en que el desafío de la IA no es sólo tecnológico, sino profundamente cultural y organizativo. Destacaron la urgencia de desarrollar habilidades críticas en los trabajadores, advirtiendo que, si no se hace, hasta el 40% de los puestos de trabajo actuales podrían desaparecer o transformarse radicalmente.
A pesar de las diferencias, existe un consenso transversal: el desarrollo de habilidades vinculadas a la IA se asocia con mayores niveles de prosperidad, productividad y equidad. Sin embargo, este potencial no se materializa simplemente incorporando tecnología. Requiere más y mejor educación, liderazgo estratégico, menos miedo al cambio y acciones decisivas para preparar a las generaciones futuras. En este escenario, la educación pasa a ser un factor central, a pesar de la dificultad histórica de los sistemas educativos para anticipar transformaciones profundas.
En Chile, sin embargo, esta discusión todavía moviliza poco. No se trata sólo de reciclaje laboral o formación técnica en IA, sino del desarrollo de habilidades fundamentales: pensamiento crítico, resolución de problemas, colaboración o alfabetización digital. La experiencia demuestra que la inversión en tecnología sin desarrollo de capacidades pierde impacto. Paradójicamente, mientras muchos docentes presentan brechas digitales, los jóvenes ya están inmersos en ecosistemas tecnológicos y utilizan la IA de forma habitual. La brecha aumentará si no nos centramos en la orientación y el uso crítico, que abarca desde el currículo, la formación docente, hasta las prácticas dentro de las aulas o la forma en que evaluamos el aprendizaje.
Lo observado en Davos es una señal de advertencia: sin una transformación profunda de la educación y el aprendizaje permanente, los países seguirán capacitándose con una lógica del siglo XX para enfrentar los desafíos del siglo XXI. Es un llamado a reimaginar qué y cómo aprendemos, con especial atención a lo que sucede en las aulas, para garantizar que los estudiantes estén realmente preparados para el futuro.
Por Ana María Raadfundador Fundación Reimagina.







