Los “cisnes negros” y lo mejor de lo nuestro

En el libro “La guerra nuclear, un escenario”, escrito el año pasado y nominado al Pulitzer, la periodista estadounidense Annie Jacobsen relata un escenario hipotético de un primer ataque nuclear contra Estados Unidos. La conclusión de la aterradora historia es que la guerra duraría menos que un partido de fútbol y la destrucción del planeta tal como lo conocemos sería devastadora.

El mundo vive con esta amenaza desde hace tres cuartos de siglo y parece haberla manejado con responsabilidad hasta ahora, por lo que la historia podría no ser más que ciencia ficción o curiosidad morbosa. Sin embargo, hace un par de semanas, una película de Netflix volvió al mismo tema. Titulada “Una casa de dinamita”, la película tiene un guión que bien podría haberse basado en ese libro.

Con ese tema instalado, EE.UU. anunció un proyecto para construir una “cúpula dorada”. Un escudo antimisiles, desarrollado sobre la base de sistemas defensivos ya existentes, que protegería el territorio norteamericano de un potencial ataque nuclear y podría requerir hasta 5 billones de dólares de inversión. Esto, a pesar de que tanto el libro como la película asignan una baja probabilidad de interceptación en un ataque real, dada la velocidad a la que viajan los misiles balísticos intercontinentales.

El contexto global en el que se escriben estas historias de ficción es complejo: incluye una guerra en Europa que dura casi cuatro años, el conflicto en Gaza, las operaciones militares estadounidenses en el Caribe, una aparente guerra fría entre ese país y China, el cuestionamiento de la eficacia de los organismos multilaterales y una regresión en la relevancia de la globalización de los mercados, con aranceles crecientes y una economía global que parece frágil debido a los persistentes déficits fiscales y la elevada deuda de muchas naciones importantes. Y un agravante: en todos los conflictos bélicos actuales hay una potencia nuclear de por medio.

Es decir, existen múltiples fuentes para la aparición de lo que el ensayista Nassim Nicholas Taleb llamó un “cisne negro”, un evento altamente improbable, pero con el potencial de ser muy perturbador. Además, el índice de valoración de acciones de Shiller, que toma en cuenta el múltiplo de los beneficios de las empresas para determinar su valor, se ha multiplicado por 40, llevando a los inversores a territorios desconocidos. Lo que podría calificarse de optimista, porque las acciones están muy valoradas, genera preocupación en quienes ven el pasado como un predictor del futuro. Cuando el índice superó 40, los rendimientos reales de los 10 años posteriores a esas altas valoraciones fueron negativos.

Así, en medio de un escenario global tensionado por conflictos y espectros nucleares, con presiones económicas sobre estados altamente endeudados y el mercado accionario en niveles de optimismo que en el pasado precedieron a ciclos negativos, Chile enfrenta hoy las elecciones. Los desafíos que enfrentará nuestro país en este contexto requieren que prevalezca una visión de largo plazo y políticas de Estado. Es de esperar que quede atrás la frecuente costumbre de negarle agua y sal al ganador del Congreso.

Desde el exterior -a juzgar por un artículo reciente del Wall Street Journal- parecen vernos menos polarizados de lo que nos sentimos internamente, y afirman que nuestros extremos han convergido. Sin embargo, el hecho de que propuestas refundadoras de la estructura política o económica no surjan en los discursos políticos no necesariamente significa que éstas hayan desaparecido del anhelo de algunos sectores.

La historia de Chile es objetivamente una historia de éxitos, al menos si nos comparamos con otros actores del vecindario. Nuestras instituciones han podido frenar el populismo con una economía centrada en el mercado, permitiéndonos liderar el desarrollo humano en nuestra región. Por cierto, hay problemas urgentes que resolver. En lo más alto de la lista están la seguridad, la inmigración ilegal y la necesidad de reanudar el crecimiento después de años de estancamiento. A esto se suma la necesidad de reducir el gasto público en un contexto de déficits recurrentes, una deuda pública que se encamina hacia un preocupante 45% del PIB y la falta de fondos de emergencia que permitieron afrontar la crisis de 2008 y la pandemia. El complejo contexto interior y exterior exige que mostremos lo mejor de nosotros mismos.

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