El abrazo entre rock y orquestas suele ser un camino sembrado de buenas intenciones, pero con resultados irregulares: la majestad sinfónica a menudo fagocita la energía eléctrica hasta convertirla en un pomposo y anémico vástago del vigor.
Pero el baterista Stewart Copeland, fundador de precisamente esa institución que comenzó en el punk como The Police y que se presentó este lunes 15 de diciembre ante un exhausto Teatro Municipal de Santiago, tiene una ventaja: se ha dedicado a vestir al pop con ropas más solemnes incluso desde sus días de mayor gloria.
En rigor, cuando The Police respiraba su último aliento a principios de los 80, el percusionista incursionó en la banda sonora de películas como La ley de la calle, de Francis Ford Coppola, donde aprendió todos los lenguajes que se unen en una orquesta, para luego inaugurar un recorrido que lo tuvo como autor de la música de otras películas, como mundo financiero cualquiera el justicieroademás de trabajos de facturación de óperas y videojuegos.
En otras palabras, ha dedicado más tiempo a componer con partituras que a ensamblar la ferocidad de un trío que alguna vez también estuvo formado por Sting y Andy Summers.
Por lo mismo, y como demostró en Santiago, Copeland parece aplicar un truco al convertir los éxitos de su ex grupo en piezas orquestales: La cirugía no es ni importante ni profunda ni desconcertante. Hay algo de acento reggae, new wave y ornamentación jazzística que sigue latiendo en composiciones esta vez planteadas junto a una orquesta de cuerdas y metales -la Orquesta de Cámara de Santiago-, encabezada por el director argentino Nicolás Sorín, quien al inicio de la velada toma el micrófono y advierte que el hombre que presentará no necesita más presentación.
Por supuesto, ahí aparece Copeland, con su apariencia de científico loco en trance constante, casi escapado del reparto de regreso al futuro; uno de los percusionistas más influyentes, inventivos y talentosos de todos los tiempos, motivo por el cual toda una generación quiso ponerse detrás de la batería entre los años 70 y 80.

“Me gusta La Policía por él”, dice alguien desde la platea del recinto capitalino. y la devoción también se conjuga en el presente: el lugar vuelto hacia arriba adquiere a cada minuto el rugido de una caldera para recibir al músico, mientras éste pronuncia generosos discursos donde también pide aplausos a Sting y Andy Summers, además de ensayar un singular “chi-chi-chi-le-le-le!” o decir que por lejos Santiago es el público que mejor canta en el mundo.
No había necesidad de exagerar. Las herramientas de Copeland son sin duda diferentes.
Apoyado también en guitarra y bajo por el grupo argentino Eruca Sativa -le han acompañado en toda su gira latina-, además del maravilloso trío vocal integrado por las cantantes Sarah-Jane, Alta Gracia y Rachel Melanie, el instrumentista toma desde el principio el más contrastado repertorio del desaparecido trío y lo transfigura en una suerte de alma cadenciosa, donde las interpretaciones fluyen y brillan junto a la orquesta, como ocurre en Hombre demoledor, Rey del dolor. cualquiera roxanaEl primer gran momento del día. Un hit así, inmortal en el repertorio pop anglo, también puede tomar otros rumbos, ganando cuerpo y ritmo.

Una pieza algo más escondida como Asesinato en números ofrece una arquitectura orquestal mucho más pesada y exuberante, mientras Espíritus en el mundo material. Perfectamente podría ser una obra gospel, con la habilidad de los cantantes intercambiando voces y matices.
En Un mundo es suficiente El momento llega del propio Copeland con su pulso atronador, duro, como si se retirara unos segundos para contraatacar sin piedad y desatar todo su ímpetu en la batería. Ya lo ha dicho en entrevistas: cuando en el pasado Sting llegaba al estudio con canciones, se aprendía las partes en el acto, con la urgencia de quien sólo dispone de unos minutos para inmortalizar un pasaje que permanecería para el resto de su existencia.
Este espíritu también se nota en caminando en la lunacon un solo implacable, una auténtica delicia instrumental. Pero sus dones no terminan ahí: en Igualarr pasa a dirigir la propia orquesta, mientras que en La cama es demasiado grande sin ti Cruza su guitarra para dejar el sillín y pararse frente al escenario, antes de dedicar ese himno a la obsesión llamado Cada respiro que tomas a todas las mujeres presentes. Un auténtico festín de cuerdas y vientos que realzan un track que parece intocable.

Copeland no sólo ha corrido el riesgo y se muestra atrevido con su propio legado, que en términos creativos siempre es de agradecer. “Además es un gran tipo”, dicen los integrantes de Eruca Sativa, quienes al final interpretan una de sus propias canciones.
No te quedes tan cerca de mí, mensaje en una botella. cualquiera Cada pequeña cosa que hace es mágica. Amplían el tono de la velada con cuidados y minuciosos arreglos, sin alterar en ningún momento el núcleo de las canciones hasta el punto de descomponerlas.
En días en los que el reencuentro de muchas bandas resulta ya imposible, una especie de quimera -los tres miembros de The Police se enfrentan hoy en un complejo marco judicial-, Copeland ha encontrado el manual para traer al presente los sonidos de un grupo que parece destinado a no volver a verse nunca más: sentarse a la batería, hacer lo que mejor sabe hacer y adornar con el outfit preciso canciones que realmente no necesitan cambios. Pero el baterista asume la audacia y las modifica con clase y respeto. Como quien se atreve a reivindicar su propia historia.







