Muchas han sido las alarmas activadas a raíz de los indultos y declaraciones presidenciales. El último, del Tribunal Supremo. Todo un encuentro institucional que tiene como telón de fondo a un gobierno que, más allá de sus visiones ideológicas, hace las cosas mal. solo en el asunto indultos nos encontramos con listas equivocadas, leyes mal citadas, declaraciones impertinentes y una respuesta descuidada que, como agravante, está escrita en primera persona: la del Presidente. Muchos problemas pueden encontrarse en estos desórdenes, pero el resultado más grave es pensar que detrás de ellos hubo un estudio previo, una ponderación de riesgos, un análisis crítico y una decisión revisada. ¿Nadie pudo anticipar la razonable irritación de la Corte? ¿Alguien pensó que era una buena estrategia? ¿Se previeron y asumieron las contingencias políticas y el impacto en el cuadro de seguridad? Lo dramático es que ambas respuestas, sí y no, son alarmantes.
Pero la chapuza continúa porque entre la lista de indultados, “que no son delincuentes”, hay nombres que parecen desmentir ese punto de partida. Los más ruidosos, Luis Castillo, que ha sido condenado en cinco ocasiones; dos por hurto, uno por lesiones, uno por robo con violencia y el último, en 2017, por robo sorpresa. ¿Nadie revisó adecuadamente los registros? ¿Nadie pensó en el impacto que tendría en la opinión pública? ¿Alguien verificó su registro? ¿Confiaron en que la prensa no haría su trabajo? Una vez más, todas las respuestas son alarmantes.
A nadie entonces le sorprendería una ciudadanía que profundice así su desafección por la política y se aleje de un gobierno que no está a tono con sus exigencias y demandas. En efecto, el indulto a los “prisioneros del estallido” (hablar de “revuelta” es una estrategia para bajar el perfil, los condenados están lejos de ser meros “alborotadores”) fue una promesa de campaña, como algo distinto al realismo. , pragmatismo, plebiscito, guitarra (o como quieras llamarlo) lo dejaron atrás. Hoy, el 97% de los encuestados en la encuesta CEP responde que nunca justificaría participar en barricadas o destrozos como forma de protesta y que nunca respaldaría saqueos, ni incendios de edificios o locales comerciales. Dado lo anterior, es difícil justificar el indulto como una medida “de gran cariño hacia su pueblo”, como sostuvo el senador Campillai, o “para curar heridas”, como sostuvo el propio presidente. Todo indica que el público espera exactamente lo contrario.
Quizás la clave esté en otra chapuza que este gobierno ha instalado como estrategia permanente; cambiar de opinión sin ningún sustento argumentativo, permitiendo el campo de la incoherencia. El actual presidente Boric coincidió, hace unos meses, con las declaraciones de la diputada de Comunes, Claudia Mix, como las de Natalia Castillo (PC) que hoy abogan por seguir indultando y fundamentan el error en no reconsiderar nuevos indultos a los “prisioneros”. de la revuelta”, lo sigue haciendo hoy, a pesar de sus declaraciones intermedias.
Esta incongruencia no sólo daña al gobierno, a su coalición y al oficialismo, sino también a la democracia (basta ver que las bajas más significativas, en la misma encuesta, son precisamente Jackson, quien en materia de acusaciones constitucionales hoy se encuentra en las antípodas de él mismo, y Boric). La encuesta del CEP reporta un deterioro alarmante en su evaluación y un consecuente aumento en el apoyo al autoritarismo. El asunto se vuelve aún más complejo cuando observamos las respuestas sobre el funcionamiento de la democracia en Chile, donde el 36% (+6) de los encuestados cree que funciona mal o muy mal y el 49% la regula. La percepción ciudadana está muy en línea con el Índice de Democracia 2021, que confirma el deterioro de la democracia mundial y chilena, ubicándonos en una categoría inferior a otras evaluaciones y considerándonos como una “democracia defectuosa”, esta es aquella donde se respetan las libertades políticas. . y sociedad civil básica, pero que a su vez presentan un insuficiente desarrollo de la cultura política, tienen bajos niveles de participación y tienen problemas de gobernabilidad.
Frente a líderes chapuceros, los riesgos de tener un populista o un sheriff al frente del gobierno están a la vuelta de la esquina. Y aunque lo hagan democráticamente, no olvidemos que una vez instalados suelen dejar de serlo.
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