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Columna de Magdalena Vergara: El gatopardo de la “deuda ilegítima”

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Boric, Jackson, Vallejo y compañía han denunciado la ilegitimidad, sin matices, de la deuda que contraen los jóvenes para acceder a la educación superior. Siguiendo a Fernando Atria entienden la educación superior como un derecho social que solo puede ser garantizado mediante la gratuidad universal. Para aterrizar esta demanda, impulsaron la condonación y término del CAE, con el fin de saldar aquella deuda que, además de “ilegítima”, ahogaba a los deudores. En 2018, la Presidenta Bachelet estableció la gratuidad universitaria, pero no le tocó un pelo al CAE. Así, dicha demanda incumplida quedó como la principal bandera de lucha de este gobierno.

El baño de realidad de llegar a La Moneda y aquellas molestas piedras en el zapato llamadas presupuesto y gasto fiscal, les han traído problemas a sus líderes, pues los pone en la incómoda posición de ver confrontadas sus convicciones. Ante el costo que implica la gratuidad, buscaron impedir que nuevas Instituciones de Educación Superior (IES) se adscribieran a la política. Sin embargo, la ley es clara cuando una institución cumple con los requisitos, sin dejarles otra alternativa que aceptarlas. Así también, han debido reemplazar la idea de condonación universal por una parcial; y el término del CAE, por una modificación. A pesar de mostrar cierta moderación, la retórica de la deuda ilegítima no ha salido gratis.

Por una parte, es la política de gratuidad la que explica que el gasto en educación superior haya aumentado en un 165% desde el año 2013 en adelante; y es la causante, también, de que se invierta más por estudiante matriculado en una institución superior estatal que lo que se invierte en un niño de la educación parvularia o escolar pública. Lo más grave es que la magnitud de la inversión y el escandaloso costo alternativo que esta política ha significado para la educación inicial, ni siquiera ha promovido una mejora en la calidad del sistema terciario, como en algún momento vaticinaron los optimistas. La política de la gratuidad no solo mantiene atoradas y con techo de crecimiento a las IES por la fijación de los aranceles, sino que además permite que instituciones estatales no acreditadas tengan gratuidad. Básicamente, poco se aprendió con el CAE o, peor aún, se ha caído en la lógica de que, dado que la educación que se ofrece es gratuita para quien la recibe, no es demasiado grave que el título ofrecido carezca de valor.

Sin duda era posible mejorar el CAE para lograr un acceso equitativo y permitir el desarrollo de nuestro sistema. Sin embargo, en vez de ello se empecinaron en la gratuidad universitaria, así como en la condonación y término del CAE. Todo para que, a fin de cuentas, el gobierno terminara proponiendo un sistema de financiamiento al que, si bien seguramente no le llamará ni crédito ni deuda, será muy similar a lo que tenemos hoy: uno en que el Estado le prestará al estudiante un monto que éste deberá retribuir una vez terminado sus estudios, según sus ingresos. Un gatopardismo bastante absurdo.

Por Magdalena Vergara, directora de Estudios, IdeaPaís

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Columna de Rodrigo González: El Club de los Vándalos: Érase una vez en las Carreteras

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Las películas sobre motociclistas tienen mala fama. Varias pertenecían al cine de bajo presupuesto, sus guiones eran mínimos y los actores solían ser menos conocidos que las marcas de los vehículos que conducían. Aun así, vale recordar que un joven Jack Nicholson se curtió en al menos tres de estas producciones antes de hacerse famoso en otra de ellas (Busco mi destino, 1969) y Marlon Brando, el padre espiritual de los actores del método en EE.UU., protagonizó la primera de ellas, El salvaje (1953).

Esta película es justamente la que mira por televisión Johnny (Tom Hardy) cuando decide fundar un club de motociclistas en un suburbio de Chicago en el año 1963. Se llamará Los Vándalos y será la guarida de muchos ante los avatares de la vida, ya sean ellos padres de familia de profesión camionero como el propio Johnny, mecánicos anti-sistema en el caso de Cal (Boyd Holbrook), inmigrantes con arranques lunáticos como Zipco (Michael Shannon) o frustrados policías con apetito por comer insectos en el caso de Cockroach (Emory Cohen).

Todos estos son parte de la disfuncional galería de freaks que protagonizan El club de los vándalos, película en que tal vez el único real outsider es Benny (Austin Butler), un renegado de aspecto impecable y salido de otro mundo. Desde el primer minuto en que lo ve en un bar de mala muerte, Benny será el objeto del deseo de Kathy (Jodie Comer), la narradora de esta magnífica cinta de Jeff Nichols (Mud, Loving).

Creada deliberadamente en un estilo de narración que recuerda a Buenos Muchachos de Martin Scorsese (el inicio es idéntico), El club de los vándalos también se propone ser una crónica de un modo de vida estadounidense que se corrompió al ritmo de las crisis del propio país. Eso también se ve en el largometraje de Scorsese, aunque si es por crónicas al respecto habría que recurrir por enésima vez a la referencia de El padrino, de Francis Ford Coppola.

La película recalca desde el inicio que se inspiró en el libro del fotógrafo Danny Lyon (interpretado aquí por Mike Faist), quien en los 60 y 70 documentó a través de entrevistas y fotos la vida, pasión y muerte de esta banda de buenos y malos muchachos. El problema, como pasa con todas las organizaciones que crecen, es que la pureza original comenzó a corromperse y degradarse. Es ahí cuando Johnny, el gran líder, y Benny, el gran rebelde, se enfrentan a la ordinaria miseria humana de quienes los rodean.

Jeff Nichols pinta una primera parte que es algo así como un gran óleo de una Norteamérica soñada para luego hacer el trabajo sucio de mostrar las alcantarillas de una banda de motoqueros co-optada por pseudo-líderes de gatillo fácil y apetito mafioso.

El arco narrativo que va de la feliz representación de Estados Unidos a una sociedad donde la violencia todo lo resuelve está muy bien logrado. Ahí hay épica. O al menos conciencia de sí mismo. Finalmente hay que reconocer que una propuesta así sólo se sostiene con carisma y, en ese sentido, el triángulo compuesto por Austin Butler, Jodie Comer y Tom Hardy es de los hallazgos más notables del cine reciente.

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Alexis Sánchez critica la preparación de Chile previo a la Copa

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Alexis Sánchez no está contento. Pese a que la Conmebol lo eligió como la figura del empate sin goles entre Chile y Perú, sabe que no hizo su mejor partido. El Niño Maravilla gesticula tras la finalización del duelo. En sus pies estuvo la chance más clara de la Roja. Cuando recibió un pase en le área y su definición de zurda terminó con el balón yéndose por sobre el travesaño. El tocopillano cree que a la Selección le falta todavía.

Luego del partido lo deja claro. En sus declaraciones enfatiza en que el combinado nacional tardó en encotrarse dentro de la cancha. “Entendimos el primer tiempo después del minuto 13 y esto es la Copa América. Cuando hay ocasiones de gol, hay que hacerlas”, dijo, esbozando una autocrítica por su ocasión errada.

Alexis Sánchez no pudo romper el cerco peruano. Foto: Jerome Miron-USA TODAY Sports

Sin embargo, también apuntó más allá de lo expuesto en Arlington. En la antesala del certamen continental, la Selección solo enfrentó a Paraguay en un amistoso. Un duelo donde Chile se impuso con holgura. Pero eso la dejó como el elenco con menos preparación. El otro duelo pactado, ante Bolivia, no se llevó a cabo. Y Sánchez lo recordó. “Fuimos muy impreciso en los pases. Jugamos un solo partido antes de venir acá. Pero me voy ilusionado, creo que hay buenos elementos”, sentenció el formado en Cobreloa.

¿Qué paso con el amistoso ante los altiplánicos? La razón dice relación con un lío de fechas que no se logró desatar. La Verde podía jugar el 6 de junio. En esa jornada, Ricardo Gareca optó por entrenar. Otra fecha que se barajó fue la del sábado 15, sin embargo los bolivianos dieron el no.

En la ANFP avalaron la determinación del Tigre. ”Había un partido previo, pero el técnico prefirió entrenar estos días para mejorar el trabajo en conjunto, para mejorar la convivencia del equipo y también la mecanización de algunas jugadas que no estaban muy maduras todavía, por eso fue la decisión de un solo partido”, explicó Pablo Milad.

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El detalle del partido de Ricardo Gareca con Chile ante Perú

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Un minuto de partido. La pelota abandona la cancha por el sector izquierdo del ataque de Perú y cae a un costado de Ricardo Gareca. El DT está de pie. No duró un minuto sentado. Es una jornada especial para el Tigre. El primer partido que dirige en la Roja por los puntos. Le toca ante su antiguo combinado. Aquel al que dirigió por siete años, al que llevó a un Mundial y a un subcampeonato continental. Hoy está en la otra vereda.

“Buen técnico se llevaron. Hoy voy a llorar por él”, dice Jairo, ciudadano peruano que está radicado en New Jersey. Se pudo haber ido a cualquier país, menos a Chile. Es nuestro eterno rival”, agrega Eduardo, que viajó desde Lima.

Al entrenador no le perdonan el salto a Chile. Pasó de ser un héroe nacional a un “enemigo”. Los fanáticos lo hacen sentir. Llegan a Arlington en masa. Son mayoría en comparación a los nacionales. Cuando el partido aun no arranca, enfocan al transandino en la pantalla grande. La silbatina es tan grande como la que resuena cuando sale a la cancha. Tras consultar a la gente de Conmebol, toma camino al banco. Sus exdirigidos no se acercaron.

Gareca reparte instrucciones. Foto: Photosport

Gareca no canta el himno. Aún no se lo aprende. Pitazo inicial y toma asiento junto a sus ayudantes. El cronómetro avanza segundos y se levanta. Manos atrás y a repartir instrucciones. Primero con calma. Una parsimonia que se va perdiendo a medida que el duelo avanza y no está conforme con los cobros ni con lo exhibido por los jugadores de la Roja.

Antes del cuarto de hora, el Tigre mira la cancha. Pone un pie sobre ella. La pisa. El campo de juego del AT&T Stadium de Arlington suele recibir fútbol americano. Ahora está reacondicionado y al estratega al parecer no le gusta el estado del césped.

La banda derecha de la Selección se lleva las primeras instrucciones de Gareca. Le dice a Víctor Dávila que le marque la jugada cuando entra en acción Mauricio Isla. Luego le da instrucciones al Huaso. Les pide que se junten.

Las recriminaciones comienza a llevárselas la cuarta árbitra, Edina Alves Batista. Tras una falta sobre Alexis Sánchez, el técnico sale de su zona delimitada. Conforme pasan los minutos, el DT se enoja con los cobros del brasileño Wilton Sampaio. Se vuelve loco con las faltas de los peruanos y se toma la cabeza. Una imagen que también se cuando el Niño Maravilla erró una ocasión clarísima. Ahí el técnico saltó. Pensó que entraba. Luego se acomodó el peinado.

Cuando La Roja pierde el control, Gareca conversa con sus colaboradores. Sus modificaciones parecen no surten efecto en el complemento. En el tiempo adicional, disconforme, el Tigre toma asiento. En el arranque del certamen continental, a la Roja le faltó lo que más había tenido en los amistosos: chances de gol.

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