Los tiempos de Isabel Choque García (62) son caprichosos. Le gusta caminar sola, a su propio ritmo, más fuera que dentro de casa. Y así como llega a tejer a los entrenamientos, de un momento a otro se va; En silencio, sin decírselo a nadie, desprovista de todo excepto de su mundo interior. Para regar su finca, donde planta quinua y patatas, o para ver a sus animales, llamas y corderos que pasta desde hace treinta años en un terreno de la Laguna de Huasco, en el interior de Pica, a una hora de Pozo Almonte, donde todo es “verde, verde, verde”, dice.
“Eso me gusta. No puedo estar encerrada en casa. Cuando tejo estoy en casa, cuando no tejo no puedo estar así, viendo la tele. Voy a ver a mis animales, ahí estoy bien. Por eso pandemia, pandemia, no puedo enfermarme, digo, porque uno se ha acostumbrado así”, dice con firmeza, usando las palabras justas y necesarias.
Isabel nació el 5 de noviembre de 1959 en Pisiga Choque, un pueblo de no más de cuatro cuadras ubicado a unos pasos de Colchane, a tres mil metros de la frontera con Bolivia.donde creció siendo la tercera de nueve hermanos. Cinco hombres y cuatro mujeres, todos tejedores, aclara inmediatamente: “Mi madre nos enseñó de niñas. A los ocho años hilabamos y ya éramos jóvenes, hilando cardao’ de Guaunosotros tejimos aksu y el ljillatodo para nuestro uso”.
En eso dedicaban todo el año, dice Isabel, esquilando llamas, hilando vellones y haciendo una tras otra figuras en un telar de cuatro estacas o de cintura que podían lucir en las fiestas de Isluga. “Ahora los niños están todos en el teléfono, todos en la pantalla, pero para nosotros uno de los pocos entretenimientos era cuando mi mamá se sentaba frente al telar. Siempre mirando a mi mamá y luego lo hacíamos solos”se va revelando poco a poco, como una cebolla que se abre en capas.
Todo lo que tejieron entonces, dice, era para vestirlo, y todo lo que vestían fue tejido por ellos. “Antes caminábamos puramente aksu. Cuando tenía como veinte años me puse falda para ir a la feria de Colchane, pero me sentí un poco mal y no la usé. Luego, con el frío, comencé a caminar con un buzo, pero no me gusta usar mi aksu”, dice Isabel, con el ímpetu propio de una declaración de principios: hasta los veintiséis años, dice hoy, se resistió a vender sus tejidos.

“Cuando me casé y fui a Colchane, hace como treinta y cinco años, me uní al grupo Taller Kumire. Desde entonces no he tejido para uso personal”, Recuerda esos años, en los que aprendió a tejer las piezas que sí vende en telar de dos y cuatro pedales; ponchos, ruanas y mantas, que mantiene apilados junto a una pila de aksu y ljilla que aún no ha decidido exponer.
“Al principio éramos unos cuarenta artesanos, los niños eran pequeños, pero ahora somos como veinte. Los que no se aburren se quedan, pero yo no me aburro, no, no, no, para nada. Tejo un poco todos los días. “Ahora estoy vieja, mis ojos no están conmigo, pero siento que me voy a morir tejiendo”, reflexiona y suma con la autonomía que la caracteriza: “El encuentro con artesanas sigue siendo entretenido, siempre participo en esos cursos. Me invitan y no me gusta decir que no porque a veces aprendemos lo que no sabemos, pero disfruto mucho tejer sola”, dice sentada en el mismo espacio de su casa donde terminó la faja churú y el cinturón que hizo para esta colección, usando solo lana natural.
Sólo allí, perdida en sus pensamientos, en ese ambiente íntimo en el que se sumerge Isabel cuando está frente a su telar, Sus manos tejen con una velocidad y técnica que impresiona. Cuando no quiere ser interrumpida, teje en silencio e íntimamente, en lengua aymara Isabel conversa con su tejido.
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- Este testimonio forma parte del libro Herederas de Isluga, publicado en 2021 por Fundación Artesanías de Chile (@artesaniasdechile), que recopila 18 relatos de artesanos aymaras de la Región de Tarapacá. Todos ellos comparten una sabiduría donde se fusiona su relación con la naturaleza y sus ritmos vitales: son herederos de la tradición textil de Isluga, localidad ubicada en el altiplano norte, a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, que es considerada la cuna del textil aymara. Por el valor de estas historias, estos testimonios son rescatados por Paula.cl.
