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Economia

David Acuña, nuevo presidente de la CUT: la historia de un sobreviviente

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A su mujer, Tita, no le gusta que la acompañe al supermercado, porque -entre pasillo y pasillo- su marido reparte saludos. Se trata del nuevo dirigente de la CUT, David Acuña, de 41 años, quien ha trabajado buena parte de su vida en este rubro, como reponedor, oficio que lo enorgullece, aunque lo considera precario.

Ingresó a la Unimarc a los 17 años, incluso antes de terminar el bachillerato, que terminó de noche, porque trabajaba de día. No pudo seguir estudiando por falta de dinero. Luego, en Unilever, su empresa actual, asumió posiciones de liderazgo sindical representando a su sindicato hace una década.

Casado con una compañera de colegio desde los 20 años, con quien tiene un hijo de 18, Acuña encabezará las actividades este 1 de mayo con un perfil de diálogo, muchas convicciones y un norte: abrir el plurisindical. Y con un lema: “Creemos en el diálogo, pero también en la movilización”. Tres palabras que ha repetido en las últimas semanas: esperanza, diálogo, construcción.

Parte de una nueva generación de líderes, se considera a sí mismo “un trabajador sindical”. Dicen que abre las puertas de la CUT antes de las ocho y media de la mañana y, por lo general, él mismo las cierra por la noche. Sus compañeros de clase suelen desayunar con él. Para Acuña es común levantarse temprano y pasar muchas horas en el trabajo, pues toda su vida se ha desempeñado como almacenero. Muy adicto al trabajo y apasionado del mundo sindical, suele repetir que el supermercado funciona como una gran familia. Tras la renuncia anticipada de Silvia Silva, asumió la presidencia de la CUT, donde integró su Consejo Nacional hace seis años. Es la primera vez que lo dirige un socialista desde el mandato del mítico Arturo Martínez (2000-2012).

líder atípico

La llegada de Acuña a la dirección de la CUT tiene componentes especiales. Fiel devoto de la Virgen de Lo Vásquez, hincha de la U pero no del fútbol, ​​admirador de Salvador Allende y Michelle Bachelet, amante de los gatos y coleccionista de objetos llamativos pero inútiles que adquiere en Franklin, es un Líder atípico en la historia de la CUT. Por ejemplo, él viene del mundo privado, que se sintió poco representado en la multisindical. Y de una categoría –los almacenistas de supermercado–, donde trabajan muchos jóvenes, que, según algunos cálculos, llegan a por lo menos 10.000 personas. Por lo general, ganan el salario mínimo en promedio.

Acuña tiene un modo cálido y cercano que no asusta. Se destacan por no tener prejuicios. Su forma y estilo –muy creíble, dicen quienes lo conocen– parecen contraculturales en el momento actual de Chile. Lo ha demostrado desde que asumió el cargo más visible de la CUT el 22 de marzo y en los diálogos públicos que ha sostenido en televisión, por ejemplo, con el líder empresarial Juan Sutil (ambos llegaron el domingo a TVN acompañados de sus esposas, quienes charlaron animadamente mientras estaban en el plató del programa Estado Nacional). Luego, el miércoles, en la OIT, frente al presidente Gabriel Boric (a quien no conoce muy bien) y los líderes de las ramas empresariales -a quienes saludó por su nombre, a cada uno-, inauguró el diálogo social por las reformas. de pensiones con una profunda declaración de intenciones: “La esencia del líder sindical es el diálogo.

Cuando termina el diálogo, tenemos que tomar la otra parte, la movilización. Diálogo y movilización, con fuerza”, aseguró Acuña, quien agregó que hay más cosas que acercan a trabajadores y empresarios que cosas que los separan. Y lo dijo alguien que ha participado en sus 10 años de vida sindical en diferentes negociaciones y huelgas.

Dicen que en sus años de dirigente forjó muy buenos lazos con Manuel Melero, expresidente de la Cámara Nacional de Comercio (CNC). Acuña suele recordar, dicen, cómo le aconsejó el dirigente sindical: “Tienes que marcar, David, tienes que marcar”. Y que durante el estallido, aunque cree en la movilización, estuvo en condiciones de condenar la violencia. Solía ​​decir que no ve a las empresas como enemigas.

Admirador del dirigente gremial portuario de los años 60, Exequiel Ponce -socialista, detenido y desaparecido-, uno de sus guías como sindicalista ha sido el profesor José Manuel Díaz, a quien considera su mentor. Empezó a prestar servicios en el PS en 2016, básicamente por dos motivos: la historia y la diversidad de opiniones que, asegura, cobija a la formación.

Sus raices

En estas semanas al frente de la CUT ha sido reconocido por las negociaciones para el reajuste del salario mínimo, la creación de un beneficio inédito para mitigar el aumento de los precios de los productos de la Canasta Básica Alimentaria, su participación en el diálogo por las pensiones en la OIT y la constitución del Consejo Superior del Trabajo, donde abrió el campo y, aunque pudo haberlo presidido, lo encabezó su antecesor Silva, actual vicepresidente de comunicaciones de la CUT.

En su oficina colocó varios cuadros –uno con la imagen de Allende y otro con Bachelet–, un banderín de la U, imágenes de la Virgen de Lo Vásquez y su familia.

Hijo de madre soltera de origen mapuche -el segundo apellido de Acuña es Millahueique- su familia materna proviene de la comunidad indígena Nolguehue de Río Bueno, en la Región de Los Ríos, donde el clan mantiene su hogar, aunque hoy sin habitantes porque todos han emigrado. . Una vez al año, por lo menos, Acuña regresa y visita a sus abuelos en el cementerio.

La de su madre era una familia de esfuerzo. Sus abuelos tuvieron 14 hijos, que empezaron a trabajar cuando eran casi niños y lejos de casa. Sus orígenes enorgullecen a la presidenta de la CUT, así como el papel que su madre ha cumplido en su vida y sigue cumpliendo: todas viven juntas en Peñalolén. Por el sacrificio de llevarlo a cabo sola sin la ayuda de su padre biológico -solo lo conoció cuando creció, cuando el hombre lo demandó en los tribunales- y por el apoyo en momentos complejos. Casada con un hombre que hacía de padre de Acuña desde los 11 años, con quien tuvo otros dos hijos, el padrastro del presidente de la CUT falleció en un accidente automovilístico. Fue el primero de los grandes golpes de esta familia.

Hubo una segunda gran sacudida. En junio del año pasado, Acuña se contagió de Covid. Llegó al centro de salud a las dos de la mañana ya las nueve de la noche lo intubaron. Antes, se despidió de su esposa y de su hijo. Lo extubaron y, como había un problema en el proceso, le dijeron que había riesgo de muerte y, de nuevo, otro despido. A los 14 días lo reanimaron y le dieron un paro cardiorrespiratorio y le dieron resucitación cardiopulmonar, en imágenes que aún recuerda. Hoy ha dicho que se fue en paz, porque ha sido todo lo que ha querido ser en su vida y ha hecho todo lo que ha querido hacer, dentro de sus posibilidades. Y que se dio cuenta de que era una persona muy querida.

#David #Acuña #nuevo #presidente #CUT #historia #sobreviviente

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Economia

El sueño imposible de Bolívar

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JUAN IGNACIO BRITO, Profesor de la Facultad de Comunicación e investigador del Centro de Señales de la Universidad de los Andes

juan ignacio brito

La idea de la integración latinoamericana volvió a ser mencionada en la cumbre de la Celac realizada en Buenos Aires la semana pasada. Parece que el “sueño de Bolívar” es de lo que hablan los líderes de nuestra región cuando no tienen nada más que decir. Pero lo cierto es que hasta el Libertador terminó sus días desilusionado con su ideal de unidad.

Tras la victoria en Ayacucho (1824) había llamado a América “la esperanza del universo”, pero el Congreso de Panamá (1826) que convocó para sellar la integración fue un rotundo fracaso. Ya en 1829 el héroe desencantado admitía que “hemos probado todos los principios y todos los sistemas y ninguno ha llegado a buen puerto”. Lo que prevaleció fue el desorden y la ruina, no la unidad.

El mismo Bolívar dijo de sí mismo que era “un genio de la tormenta”. Lo suyo era la guerra y la revolución, no la construcción institucional. “Muchos generales saben ganar las batallas, pero no qué hacer con sus victorias”, lamentaría, en una declaración muy autocrítica, unos meses antes de exiliarse en 1830.

Lo que sucedió con el sueño unitario de este héroe imperfecto es una sinopsis de lo que vendría después. Nuestra región es un lugar donde prevalecen la violencia, la desigualdad, las personalidades y la fragilidad institucional. No es raro que en un entorno así la integración no vaya más allá de los discursos y resulte ser una quimera. América Latina vive, como escribió el patriota Luis Briceño Méndez a Bolívar en una carta, “en la era de los errores. Para remediar uno cometemos cincuenta”.

La última nota retórica en la historia de la fallida integración regional la protagonizaron hace unos días Lula da Silva y Alberto Fernández, cuando anunciaron con más entusiasmo que realismo la creación de una moneda común, el “Sur”. Rápidamente, desde Caracas saltó el dictador Nicolás Maduro para proclamar que se sumaba a la propuesta.

Como siempre, el voluntarismo no tardó en chocar con la realidad. Es imposible que un país con un Banco Central autónomo y una inflación relativamente controlada quiera unir su política monetaria con Argentina, cuyo desorden fiscal parece irreparable. Pronto salió Brasilia a aclarar que la idea es crear una “moneda financiera”, no una que circule. De ahí vino el “sur”. ¿Volveremos a saber de él?

Las palabras más sensatas pronunciadas en la Celac vinieron de Luis Lacalle Pou, el presidente de Uruguay, esa pequeña isla de la excepcionalidad. Alzando valientemente la voz, Lacalle Pou reveló a sus compañeros el elefante en medio de la mesa de reuniones, llamando a la Celac “un club de amigos ideológicos” y afirmando que “para que este tipo de foros subsista hay que generar esperanza. Y las esperanzas se generan en el camino recorrido, en la práctica en la acción.” En otras palabras, las acciones, y no las palabras, definen la integración.

El problema evidente es que para que haya una verdadera unidad se necesitan varios requisitos: comunidad de intereses, tiempo, creación de un régimen con reglas comunes percibidas como legítimas y respetadas por todos, sistemas políticos compatibles y, finalmente, líderes comprometidos y coherentes. Todos bienes escasos en estas latitudes.

Con dolor, Bolívar llegó a reconocerlo. Por eso terminó sus días sumido en la amargura, arrepintiéndose incluso de haber hecho la guerra a la metrópolis colonial. Su diagnóstico es lapidario: “No hay buena fe en América ni entre las naciones. Los tratados son papeles; las constituciones, libros; las elecciones, los combates; libertad, anarquía; y la vida, un tormento”.

#sueño #imposible #Bolívar

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El sueño imposible de Bolívar

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JUAN IGNACIO BRITO, Profesor de la Facultad de Comunicación e investigador del Centro de Señales de la Universidad de los Andes

juan ignacio brito

La idea de la integración latinoamericana volvió a ser mencionada en la cumbre de la Celac realizada en Buenos Aires la semana pasada. Parece que el “sueño de Bolívar” es de lo que hablan los líderes de nuestra región cuando no tienen nada más que decir. Pero lo cierto es que hasta el Libertador terminó sus días desilusionado con su ideal de unidad.

Tras la victoria en Ayacucho (1824) había llamado a América “la esperanza del universo”, pero el Congreso de Panamá (1826) que convocó para sellar la integración fue un rotundo fracaso. Ya en 1829 el héroe desencantado admitía que “hemos probado todos los principios y todos los sistemas y ninguno ha llegado a buen puerto”. Lo que prevaleció fue el desorden y la ruina, no la unidad.

El mismo Bolívar dijo de sí mismo que era “un genio de la tormenta”. Lo suyo era la guerra y la revolución, no la construcción institucional. “Muchos generales saben ganar las batallas, pero no qué hacer con sus victorias”, lamentaría, en una declaración muy autocrítica, unos meses antes de exiliarse en 1830.

Lo que sucedió con el sueño unitario de este héroe imperfecto es una sinopsis de lo que vendría después. Nuestra región es un lugar donde prevalecen la violencia, la desigualdad, las personalidades y la fragilidad institucional. No es raro que en un entorno así la integración no vaya más allá de los discursos y resulte ser una quimera. América Latina vive, como escribió el patriota Luis Briceño Méndez a Bolívar en una carta, “en la era de los errores. Para remediar uno cometemos cincuenta”.

La última nota retórica en la historia de la fallida integración regional la protagonizaron hace unos días Lula da Silva y Alberto Fernández, cuando anunciaron con más entusiasmo que realismo la creación de una moneda común, el “Sur”. Rápidamente, desde Caracas saltó el dictador Nicolás Maduro para proclamar que se sumaba a la propuesta.

Como siempre, el voluntarismo no tardó en chocar con la realidad. Es imposible que un país con un Banco Central autónomo y una inflación relativamente controlada quiera unir su política monetaria con Argentina, cuyo desorden fiscal parece irreparable. Pronto salió Brasilia a aclarar que la idea es crear una “moneda financiera”, no una que circule. De ahí vino el “sur”. ¿Volveremos a saber de él?

Las palabras más sensatas pronunciadas en la Celac vinieron de Luis Lacalle Pou, el presidente de Uruguay, esa pequeña isla de la excepcionalidad. Alzando valientemente la voz, Lacalle Pou reveló a sus compañeros el elefante en medio de la mesa de reuniones, llamando a la Celac “un club de amigos ideológicos” y afirmando que “para que este tipo de foros subsista hay que generar esperanza. Y las esperanzas se generan en el camino recorrido, en la práctica en la acción.” En otras palabras, las acciones, y no las palabras, definen la integración.

El problema evidente es que para que haya una verdadera unidad se necesitan varios requisitos: comunidad de intereses, tiempo, creación de un régimen con reglas comunes percibidas como legítimas y respetadas por todos, sistemas políticos compatibles y, finalmente, líderes comprometidos y coherentes. Todos bienes escasos en estas latitudes.

Con dolor, Bolívar llegó a reconocerlo. Por eso terminó sus días sumido en la amargura, arrepintiéndose incluso de haber hecho la guerra a la metrópolis colonial. Su diagnóstico es lapidario: “No hay buena fe en América ni entre las naciones. Los tratados son papeles; las constituciones, libros; las elecciones, los combates; libertad, anarquía; y la vida, un tormento”.

#sueño #imposible #Bolívar

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Inseguridad ciudadana III: el Estado al debe

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Esta semana dedicamos los editoriales de lunes y martes a la crisis de inseguridad que, lamentablemente, se ha apoderado de la agenda nacional, y que encabeza la lista de preocupaciones ciudadanas. La naturaleza y gravedad del problema no tienen precedentes, pues el tipo de delitos, la frecuencia con que ocurren y el grado de violencia que involucran son nuevos en nuestro país.

Este tercer editorial sobre delincuencia busca reforzar el mensaje de los dos primeros, porque ante las declaraciones del Subsecretario de Gobernación sobre el violento asalto a un centro comercial de la capital el pasado domingo, el Gobierno parece no escuchar: garantizar la seguridad es la primera responsabilidad del Estado, y el Estado está fallando.

En lugar de anuncios que comuniquen a la ciudadanía la firme voluntad del Gobierno de redoblar esfuerzos para enfrentar a los delincuentes, la autoridad ha preferido enfatizar la responsabilidad de los centros comerciales de implementar medidas y protocolos para estar mejor protegidos ante acciones delictivas.

Esa responsabilidad existe, por supuesto, y es necesario discutir qué pueden hacer los actores privados -empresas y negocios- para dar mayor protección a sus trabajadores y clientes. Pero frente a bandas bien organizadas y fuertemente armadas como las que han actuado en numerosos incidentes en los últimos tiempos, sólo el Estado puede desplegar la respuesta contundente necesaria, ya sea para disuadir o confrontar estas acciones.

Es precisamente por eso que existe el monopolio estatal del uso legítimo de la fuerza, porque dado el grado de violencia que puede desencadenar el crimen organizado -y de eso estamos hablando aquí- los actores privados siempre estarán indefensos. Hasta ahora los ciudadanos no parecen reclamar el derecho a armarse para su propia defensa y eso es tranquilizador, ya que se iniciaría un proceso casi irreversible de deterioro de nuestra convivencia. Todo indica que espera ser protegido por las instituciones a las que la ley asigna esa tarea, y esa es una expectativa que la autoridad no puede cuestionar con declaraciones imprudentes.

#Inseguridad #ciudadana #III #Estado #debe

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